Cuba la triste
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Cuba la triste

No me alegra la muerte de ninguna persona, así sea la de un sátrapa. Fidel Castro ha muerto y yo solo recuerdo  mi breve paso por  Cuba hace cuatro años. No fue un destino elegido, y me prometí volver cuando la isla se haya liberado de la dictadura que la ahoga hace casi 60 años. Esa aún es una tarea pendiente.

Marzo  del 2012. El Papa Benedicto XVI visitó Cuba y El Comercio me envió a cubrir esta histórica llegada. Era la segunda vez que un Vicario de Cristo visitaba la Isla. Juan Pablo II fue el primero.

La decisión de partir  se tomó faltando muy pocos días para la  llegada de Benedicto XVI, por lo que tuve que viajar como una peregrina más, cumpliendo una misión periodística, lo que fue una experiencia más que enriquecedora pues al no estar acreditada como periodista me confundí entre la multitud de cubanos que vitoreaban al Papa y no recibí ningún “trato especial”.

La primera parada del Papa era Santiago de Cuba, pero yo tenía sólo boleto para La Habana, así que ni bien aterrice tuve que hacer malabares para poder embarcarme y estar presente en la primera actividad de Benedicto. No era fácil obtener un boleto, debía asegurarles a los agentes de la empresa aérea que quería  ver al Papa. El Obispo del Callao, con quien coincidí en el vuelo Lima – La Habana, intercedió ante la aerolínea y les dijo que era “católica practicante”, y que efectivamente quiera viajar para ver al Papa. Boleto comprado.

El avión no tenía ni hora de partida, y mucho menos de llegada. Venían a mi memoria los tiempos cuando de niña volaba en ‘Faucett’ de Piura a Lima. Las horas se llegada entonces, eran solo un albur. Volví a sentirme a inicios de los 70.

El primer encuentro de Benedicto XVI con los cubanos fue excepcional. “Abajo el comunismo”, fue el grito que retumbó ese día en la explanada. Lo escuché en vivo y en directo y casi aplaudo, pero al ver a la multitud ininmutable , comprendí que ellos sabían del riesgo que corrían.

Aún recuerdo la angustia en los ojos de una chica, que me hizo un gesto de que por favor me mantuviera callada. El dedo índice sobre sus labios lo decían todo. Yo solo quería preguntar qué pasaba, a donde se llevarían al valiente joven que gritó lo que quizás más de uno estaba pensando. Entonces habían dos coordines de seguridad. Uno de voluntarios y el otro también de “voluntarios”, pero ellos no tenían ni la alegría ni el entusiasmo de los primeros.. Era claro que su misión era otra.

De Santiago de Cuba, el Papa volaba a La Habana y yo no podía correr el riesgo de no llegar a la Plaza de la a revolución. En un país donde nada es seguro respecto a los aviones, asumí  el reto de viajar en ómnibus. 19 horas. Puedo decir que cruzamos la isla en un transporte solo para turistas. No era incomodo y la pobreza se coló en el paisaje.

La Habana esperaba a Benedicto XVI. Un grupo de peregrinos llegados de Miami me acogió. Pude conocer a gente que pisaba Cuba por primera vez desde que tuvieron que salir corriendo por culpa de Fidel Castro. Hombres de más de 70 años realmente emocionados, conmovidos de regresar a su tierra.

En La Habana respiré  tristeza. Hombres jóvenes, saludables, sentados en la puerta de su casa sin la obligación de trabajar, taxistas quejándose. Uno llegó a decirme “si el carro funciona es del Gobierno, pero si se malogra es tuyo”. Socialismo que le dicen.

Taxis de los años 50 y Audis con aire acondicionado. Bufete en los hoteles, hambre en las calles.

En medio de todo, una luz de esperanza llego con el nombre de Óscar Biscet, valiente médico cubano que aceptó a darme una entrevista. Su oposición al aborto le costó años de cárcel. “El comunismo solo distribuye miseria”. Cuanta sabiduría en una sola frase.

El dictador ha muerto.

2 diciembre, 2016

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