EL ESCÁNDALO WIRECARD
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EL ESCÁNDALO WIRECARD

Alejandro Navas
Profesor de Sociología de la Universidad de Navarra Pamplona, 23 de septiembre 2020

El viajero que recorra Alemania en estos días encontrará en los aeropuertos y estaciones pasquines con el siguiente texto: “Fraude de miles de millones. Jan MARSALEK (exdirectivo de Wirecard). ¿Puede dar usted alguna pista sobre su paradero?”. El cartel incluye una foto de Marsalek. Firma la Policía de Múnich y se indica un número de teléfono de contacto.

Fundada a finales de los noventa, esa empresa de servicios financieros digitales ha experimentado un crecimiento prodigioso. En 2004 contaba con 18 empleados, facturó 6,8 millones y ganó 50.000 euros. En 2018 tenía 5.114 empleados, con una facturación de algo más de 2.000 millones y unos beneficios de 347 millones de euros. En 2006 se creó el banco Wirecard Bank, propiedad del grupo, y en 2007 comenzó la expansión internacional, con presencia en los mercados más importantes de Asia y América.

El ascenso meteórico de Wirecard se premió en 2018 con el ingreso en el DAX, el selecto club que integran las treinta empresas alemanas más importantes, por tamaño y liquidez. A la recién llegada la recibieron con entusiasmo: por fin había una empresa local capaz de plantar cara a norteamericanos y chinos en un sector tan sofisticado como prometedor. En algún momento Wirecard superó en valor a Deutsche Bank y su acción cotizó a 180 euros.

Markus Braun era el máximo responsable, y Marsalek, uno de sus más estrechos colaboradores. Ambos se integraron rápidamente en la jet set muniquesa y empezaron a mostrar un lujoso estilo de vida. Se hicieron famosas las fiestas que daban en un elegante chalet (por el que pagaban un alquiler mensual de 45.000 euros), en las que Marsalek exhibía y repartía fajos de billetes.
Pero el disfrute de la gloria fue pasajero, y a un ascenso tan fulgurante siguió una caída abrupta. Ya en 2008 circularon rumores sobre prácticas fraudulentas a manos de Wirecard. La empresa reaccionó con rapidez y contundencia, rechazando las críticas y denunciando a los autores de esas informaciones. El comienzo del fin se insinuó en 2015, cuando dos periodistas del Financial Times, Dan McCrum y Stefania Palma

1 (corresponsal en Singapur) empezaron a investigar con detalle la actividad y las cuentas de la empresa. Wirecard respondió como solía, y consiguió que la autoridad financiera alemana, BAFIN, abriera en 2019 expediente a los periodistas, a quienes se les acusó de colaborar con especuladores para manipular el mercado. Pero esos coletazos eran en realidad los últimos estertores: el 18 de junio de 2020 la auditora Ernst Young declaraba que no podía documentar la presencia de 1.900 millones de euros en el balance; el día 22 la empresa reconocía la no existencia de ese dinero (a día de hoy y según estima la fiscalía, el agujero asciende a 3.200 millones). La acción se desplomó (hoy no vale más que unos céntimos), Braun dimitió y a continuación fue detenido; goza de libertad condicional tras pagar cinco millones de fianza. Marsalek ha desparecido, aunque se cree que está refugiado en Rusia.

El revuelo en Alemania ha sido monumental. Llueven lamentos, denuncias y propósitos de reforma. Como es de rigor, nadie se explica cómo se pudo llegar tan lejos. Fallaron los mecanismos de supervisión, tanto públicos como privados: la auditora Ernst Young, que durante años no quiso o no supo advertir irregularidades en las cuentas, y el organismo supervisor de la actividad financiera, dependiente del ministro de Finanzas. Se anuncian cambios legales, para endurecer los controles y evitar casos similares en el futuro. A Olaf Scholz, ministro responsable, lo han nombrado recientemente candidato socialista para las elecciones generales de 2021. Se da por sentado que el procedimiento judicial, que discurrirá en paralelo a la campaña electoral, puede afectar a su candidatura.

La naturaleza humana es la misma en todos los países. También en las sociedades mejor gobernadas hay granujas y delincuentes. Lo propio de estas sociedades es que comportamientos como los de Wirecard no quedan impunes. Los responsables sufren de entrada una condena social y deben comparecer ante la justicia, que en un plazo breve dicta sentencia. Los infractores de la ley acaban en la cárcel. En cambio, en países con una institucionalidad deficiente, el escándalo y la indignación subsiguiente quedan sin consecuencias. La justicia es lenta, los procesos se eternizan, los medios se cansan pronto del asunto y pasan enseguida al siguiente escándalo, pues el género parece inagotable. La opinión pública acaba anestesiada, al final no hay reacción ante tanto desafuero.

2 Los corruptos se crecen, de modo especial si cuentan con apoyo político. La calidad moral de la vida pública se pudre a gran velocidad.
No quiero terminar sin resaltar el papel que desempeñaron los periodistas del Financial Times. Contra viento y marea persistieron en su investigación sin temor a las acciones legales ni a la hostilidad inicial de las autoridades alemanas. Encarnan de modo admirable el ethos periodístico clásico, que entiende la prensa como el mastín que sabe guardar las libertades.

29 septiembre, 2020

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